Crónica de una historia entre montañas

(Expedición a Sevilla) 24 de Octubre 2020

Jorge Miguel Puente Reyes: Nuestro guía y promotor de este viaje

Objetivos de la expedición:

  • Viaje al poblado de Sevilla y localización del lugar en que estuvo enclavado un antiguo fuerte español.
  • Visita a La Cadena y localización del sitio en el que estuvo enclavado un fuerte español
  • Visita a las ruinas de los cafetales Soledad y Santa Ana.
  • Realizar la ruta que hiciera Fidel Castro, tras el asalto al Cuartel Moncada (La Cadena, Ocaña, Loma El Café, Santa Ana y Loma de los Chivos).

Integrantes:

Rocío Zambudio Vivancos

Jorge Miguel Puente Reyes

Rodolfo Tamayo Castellanos

José Luis Pérez Balart

Frank Lahera Ocallaghan

Amarilis Licea González

Autor: Rodolfo Tamayo Castellanos

Santiago de Cuba

La partida                           

Ese día amaneció lloviendo. En verdad llovió desde la noche anterior, al punto de mantenerme en vela buena parte de la madrugada. Varias veces estuve a punto de suspender la expedición. Con ese temporal era imposible hacer cualquier viaje. Lo otro era avisarle al grupo, eran pasadas las 12.30 de la madrugada y el tiempo no parecía mejorar. Como no había realizado esa ruta, desconocía las condiciones del terreno y cuán difícil podía volverse la jornada de hacerla bajo esas condiciones climáticas, así que decidí contactar a Jorge Puente, quien sería nuestro guía en esta expedición (él si había hecho esta ruta) para que me dijera las posibilidades reales de continuar con el plan trazado y a lo que nos enfrentaríamos de persistir. Él me comentó que era posible hacer la expedición si escampaba antes del amanecer, de otra manera era mejor suspender; eran la 1.00 de la madrugada. La lluvia arreciaba y cada vez dudaba más que pudiéramos hacer el viaje. Debo haber vuelto loco a Jorge esa madrugada, pues lo contacté sobre las 3.00 am, las 4.00 am, las 5.00 am y finalmente sobre las 6.00 am para preguntarle qué hacíamos…? Él invariablemente respondía: Si escampa puede hacerse; no obstante –no sé si fue por la insistencia mía o porque lo golpeó la prudencia– ya casi al amanecer esbozó la posibilidad de suspender. Me armé de valor (sobre las 6.00 am) y le dije que el viaje seguía adelante. Nos veríamos en el lugar acordado para salir hacia Sevilla. Aún caía una llovizna sobre Santiago de Cuba.

“El Palo del aura” a las 7.00 am. Desde este lugar salen varios transportes hacia la playa Siboney y el resto de los lugares ubicados en la costa Oeste.

Aunque la hora pactada para el encuentro era a las 7.00 am, sabía lo difícil que sería para el resto del grupo llegar puntualmente. Sin embargo me sorprendí al ver que el grueso del grupo habitual de expedicionarios estaba en el lugar conocido como “Palo del aura”, a la hora acordada. Para mi sorpresa se sumaba un nuevo miembro: Frank Lahera Ocallaghan, quien era realizador audiovisual. Sólo faltaba Maikel Téllez, tras contactarlo supe que en esta ocasión no podría ir con nosotros. En el cielo las nubes amenazaban con descargar el agua en cualquier momento. Dejamos pasar algunos vehículos particulares, pues los precios del pasaje era algo excesivos, finalmente abordamos un ómnibus estatal. Una vez más la suerte estaba echada.

Integrantes del grupo Senderos en la parada del “Palo del aura”, a la espera de un transporte. El último que aparece con una gorra azul es un colao en la foto. No pertenece al grupo.

Sevilla

El viaje hacia Sevilla fue sin contratiempos, pero aún nos preocupaba el tema del clima. Así que decidimos reorganizar la expedición y priorizar algunos sitios. Yo traía unos 13 posibles objetivos en toda la zona y Jorge Puente tenía unos cuantos más: había que ponerse de acuerdo. Tras un –no muy breve– debate decidimos dejar para el regreso la localización del sitio del Fuerte de Sevilla, dejamos fuera el recorrido por las alturas de La Cadena, ya que nos alejaría demasiado de los otros objetivos y pasamos a Ocaña como opcional o sea: si nos daba tiempo. La ruta quedó así: Cafetal Soledad / Loma de los Chivos / Cafetal Santa Ana / Ocaña (de ser posible) / Fuerte Sevilla.

 En busca de un nuevo guía y las alturas de y La Cadena

A los pocos minutos de haber iniciado la marcha nos encontramos con uno de los compañeros que atiende la zona. Como Jorge ha realizado varias veces la ruta entabló una conversación con él. Así supimos el interés de retomar la ruta que hiciera Fidel Castro tras el asalto al Cuartel Moncada, incluso los planes de un camino asfaltado para facilitar el acceso. Tras un breve intercambio el compañero nos indicó que viéramos a un señor apodado Areíto, para que nos sirviera de guía e hiciera la ruta más fácil. Aquello nos vino de maravillas, pues no ahorraría tiempo y esfuerzo (pensábamos bajar sobre el mediodía, pues nos habían dicho que allí solía llover en las tardes).

Retomamos la marcha en busca de Areíto, a nuestra derecha quedaban las alturas de La Cadena. Jorge nos explicaba que por esas alturas también estuvieron los moncadistas. La región puede ser un poco engañosa, si no la conoces bien puedes perder el rumbo. Algo similar le sucedió a los moncadistas que vagaron por estas montañas hasta que fueron capturados.

Fragmento de un mapa en el que aparece el Fuerte de La Cadena señalizado con una cruz.

Los caminos de Sevilla están en muy mal estado, con las lluvias el agua baja de las montañas y los hace casi intransitables. Los pobladores insistieron en la necesidad de hacer unas obras para controlar el curso de las aguas. Esto es vital si se quiere desarrollar algún tipo de ruta.

Llegado a un punto del camino Jorge se detuvo y señaló hacia unas elevaciones. Esas lomas –dijo. Son de La Cadena, pero hoy no podremos recorrerlas. Necesitaríamos más de una jornada para recorrer todos los sitios.

Mientras pasábamos por La Cadena no pude evitar pensar que debíamos volver a este lugar, a esas lomas históricas se le debe una buena expedición (que alguien hará algún día) ¿Quién sabe cuántos secretos nos tiene reservados…?A partir de este momento el viaje se haría más pesado, pues iríamos cuesta arriba.

Fragmento de un plano del siglo XIX, en el que aparece la ruta a seguir, desde Sevilla con su fuerte demolido, La Cadena, Soledad, Ocaña y Santa Ana. Obsérvese otros puntos de interés como el ingenio Sevilla (demolido), Las Guásimas (este plano no recoge el punto fortificado), los fuertes de Moya y Casabe, el sistema fortificado de Siboney y la línea férrea de las minas que bordea la costa (aparece el tramo de Siboney a Juticí).

Areíto

Finalmente llegamos al sitio en el que debíamos preguntar por un señor que respondía al carismático apodo de Areíto (su nombre era: Idalberto Danger Castillo),1 quien se hallaba ocupado y tuvimos que esperar por él, tiempo que aprovechamos para hacer la primera parada técnica y merendar, algunos como Frank Lahera aprovecharon para continuar tomando fotos a la belleza del paisaje; no faltó quien sacara sus reservas de vino, ni quien enarbolara un delicioso licor de piña (solo faltó el café para cerrar el tridente energético-escala montañas). Así que brindamos…


1 Tras preguntarle el por qué le llamaban de ese modo me confesó que era porque bailaba mucho cuando joven, de ahí viene el apodo. Su manera de bailar fue asociada con el antiguo baile de los aborígenes cubanos.

Y apareció Areíto…


Areíto: amable señor (no es un eufemismo) que nos serviría de guía en lo adelante.

El Camino hacia Soledad

A partir de este momento el camino se tornaría más difícil, no sólo por las elevaciones, sino también por el mal estado de los caminos y las aguas que habían invadido los pasos. En la zona hay un río llamado Soledad, que debe cruzarse en varias ocasiones, incluso hay que cruzarlo cuando se transita por los restos del camino asfaltado. A veces no queda más remedio que mojarse y tuvimos que hacerlo veces.

Camino asfaltado inundado por el agua.

Esto no impidió que apreciáramos la belleza del lugar y la seducción de sus ríos y pozas. Estábamos en presencia de un paisaje paradisíaco. Recuerdo haber comentado que estábamos ante un río llamado Soledad, para visitarlo en compañía. En la expedición anterior estuvimos en la poza: El Encanto, así que bauticé una de las pozas de Sevilla como Las Delicias.

Minas

Al parecer la región es muy rica en recursos. En la expedición anterior, realizada a Limoncito, pudimos apreciar las minas de Vinent. En esta oportunidad nos llamó la atención una serie de piedras blancas y brillantes. Esto parece mármol, comentó alguien del grupo. Sí, es mármol –aseguró Jorge Puente, aquí hay una cantera que estuvo en explotación. Debido a la profusa vegetación nos fue imposible ver la cantera; ni siquiera desde las alturas vecinas, parecía que una cortina vegetal la mantuviera oculta de las miradas. Por más que lo intentamos no pudimos lograr una imagen nítida y tuvimos que seguir nuestro camino, para aprovechar el tiempo.

Cafetal Soledad

De repente Areíto se detuvo y dijo: Ya estamos en el cafetal Soledad. Fíjense bien y podrán ver sus ruinas a lo largo del camino. Efectivamente, Soledad parecía ser un cafetal, construido en terrazas, junto al camino; de hecho hoy día, varias personas viven y han construido en los terrenos de este antiguo cafetal y las ruinas se pueden ver a ambos lados del sendero, entremezcladas con construcciones más recientes.

Rápidamente cruzamos el camino y fuimos hacia el otro lado del camino. Ese terreno pertenecía a Areíto, o sea que en su fina estaban otra buena parte de las ruinas. Tras una breve explicación y un pequeño tour, pasamos a recoger la zona, tomar fotos y grabar algunos videos, no sin antes pasar por la escalera chiquita que se utiliza para subir al cielo (como dice la canción infantil), una escalera algo peligrosa pues no estaba en buenas condiciones.

Más adelante pudimos tener una mejor perspectiva de lo que fue Soledad, debido a que en esta área no se había construido mucho, sino que era un terreno de cultivo, por lo que podían apreciarse mejor los muros, el tanque de agua, las terrazas y la tajona, que estaba casi completa. Sin duda alguna este sería un buen lugar para rescatar: su acceso no es tan complejo, está en una zona en la que se pudieran crear condiciones recreativas y la perspectiva que se tiene del paisaje es muy buena.

La Resbalosa

Luego continuamos camino rumbo a la Cueva de los Chivos, intentábamos seguir la ruta de los moncadistas. Ahora Areíto se encontraba al frente de la expedición y nos confesó que en los muchos años que llevaba viviendo en la región no la había explorado a profundidad, pero que no nos preocupáramos que nos iba a llevar hasta los sitios que buscábamos. Los primeros obstáculos no demoraron en llegar. Una vez más el clima nos jugaba la mala pasada. Resulta que con las lluvias de los últimos días el camino se había vuelto intransitable, inclusive habían caído varios árboles. Aquello nos llevó a tomar otra decisión: romper monte loma arriba.

La nueva ruta tomada estaba más que difícil: llena de maleza, al punto que tuvimos que abrirnos paso a machete limpio, para colmo el terreno era muy irregular y era fango puro lo que hacíamos que resbaláramos 1, 2 ,3 ,4 ,5 y no sé cuántas veces más en el intento por escalar las lomas.

A veces el paso era tan estrecho que sólo cabía una persona a la que había que empujar desde abajo o ayudar desde arriba. Recuerdo que alguien dijo que ahora si estábamos viviendo la ruta de los moncadistas en el año 1953, pues subieron estas lomas en condiciones similares: maleza tupida, lluvia y fango. Fueron tantas las caídas que acabé llamando a aquellas lomas bajo un solo calificativo: La Resbalosa.

La Cueva de los Chivos

Tras el intento fallido de tomar el Cuartel Moncada, Fidel y sus compañeros se adentraron en estas lomas, con la intención de alcanzar las alturas del Escandel y armar un frente guerrillero.

Luego de deambular largas horas, extenuados y algo perdidos llegan a las alturas de estas lomas y hallan la cueva, la cual toman como refugio y sitio para descansar.  Además la ubicación de la cueva les permitía divisar la región y sus caminos.

La cueva se divide en dos aberturas (a manera de cubículos), separadas por una roca. No parecen ser de gran extensión, aunque no la recorrimos, pero suficientemente grande para albergar a un pequeño grupo de personas. La vista panorámica que se obtiene desde allí es simplemente espectacular.

Aprovechamos la oquedad de la cueva para descansar y comer algo. Algunos –como Rocío– no pudieron resistir la belleza del paisaje y sacaron varias fotos.

Tras la breve caricia estomacal y las fotos de grupo reglamentarias, pasamos al trabajo, con nuestras cámaras y celulares tomamos los testimonios de Areíto y Jorge Puente en videos. Jorge nos contó sobre el recorrido que hicieron los moncadistas subiendo y bajando por estas lomas (muchas veces vagando sin rumbo fijo) hasta llegar a la cueva; nos contó sobre los campesinos que les prestaron ayuda en aquellos momentos difíciles, les dieron de comer y sirvieron de guía, sin conocer a estos hombres, sobre los que se hablaba muy mal por la radio (en la zona había una persona con un radio de baterías). Señaló también cómo Fidel no quiso comprometer la vida de estos campesinos y sus familias, por eso sólo les permitía que los guiaran hasta un punto o le señalaran el camino, luego los moncadistas se perdían y volvían a solicitar la ayuda de aquellas personas. Con el extendido Jorge señalaba las rutas y lugares por los que estuvieron aquellos hombres que intentaban ganar las cimas del Escandel a toda costa y agregó: Si a nosotros nos ha costado trabajo llegar hasta aquí, imaginen en aquellos tiempos que esto era monte tupido y puro fango por las lluvias.

Luego tocó el turno de entrevistar a Idalberto Danger Castillo (Areíto): dada la particularidad de su testimonio –visiblemente emocionado– como guía y residente de la localidad, he decidido reproducir un fragmento en esta crónica. Así nos habló: “Les cuento lo que me contaron: Yo llegué aquí por el año 76. Tuve conocimiento de este lugar y los sitios históricos que hay en él. Escuché que aquí acampó Fidel, también sé que hasta hace unos años venían comisiones de gente a visitar estos lugares, como hace tiempo que no vienen esto se ha perdido un poco y se ha ido destruyendo, los caminos se han puesto malos, en fin…” Areíto hizo una pausa. Sus ojos se perdieron por un instante en el paisaje, luego continuó: “Esto tiene que retomarse para que la gente venga otra vez y la Historia no muera. Hay que traer a la gente al lugar para que la Historia se conozca, porque no es lo mismo leerla en un libro que palparla”.

Foto de Fidel en un campamento en la Sierra Maestra. Lamentablemente no tenemos fotos suyas por esta región.

En la Cueva de los Chivos durmieron del 28 al 29 de julio. El día 30 toman el camino rumbo a La Cadena. El grupo se divide debido a algunos heridos que traían. Finalmente el grupo de Fidel es capturado en la madrugada del día 1 de agosto, por las fuerzas de Sarría, quien –con su actitud– les salvó la vida, permitiendo que llegaran sanos y salvos al antiguo Vivac. Una vez tomados los testimonios decidimos continuar la ruta hacia las ruinas del cafetal Santa Ana. Antes de partir le propuse a Areíto que si algún día se formalizaba una ruta por estos lugares debían ponerse señalizaciones hacia la Cueva de los Chivos como lugar histórico y hacer allá arriba un pequeño mirador, también podía ponerse con pintura en la roca de la cueva el nombre de Fidel y de sus compañeros de travesía y la fecha en la que acamparon allí. Hasta ese momento íbamos bien en cuanto al tiempo, por suerte el clima se había comportado bien, casi rezamos para que se mantuviera así.

Rumbo a Santa Ana

Si la subida por La Resbalosa había sido un calvario, más difícil sería bajarla para tomar el camino rumbo a Santa Ana. Decidimos bordear la loma sin mucho éxito (nos extraviamos un poco). Al final sólo vimos una opción quirúrgica: bajar aquella loma como fuera. Res o de Parecíamos un grupo de patinadores en tierra firme (no tanto, más sería una especie de modalidad de patinaje sobre fango) o de esquiadores salvando obstáculos. Rocío iba prácticamente deslizándose –como en una canal– loma abajo. Por suerte se nos ocurrió ir frenando con los árboles, así que nos lanzábamos e íbamos de mata en mata para contener el descenso. Así llegamos hasta el río, en el que nos detuvimos unos minutos para refrescar. Yo me había convertido en un 83 % de fango, el resto era Rodolfo Tamayo.

Una vez cruzado el río tomamos el camino rumbo a Santa Ana. El viaje de ascenso casi llegaba a su fin.

Cafetal Santa Ana

La verdad ya estábamos visiblemente agotados y algo nerviosos cuando Jorge anunció el hallazgo de las primeras ruinas de Santa Ana. Se detuvo a un costado del camino y dijo, señalando hacia unos matorrales: ¡Ahí está el horno de cal![1] Su aparición causó emoción en el grupo, sobre todo por el estado de conservación del mismo, apuramos el paso y subimos una pequeña pendiente para verlo desde arriba.


[1] El horno era empleado para la fabricación de los materiales que se necesitaban en el cafetal.  Al parecer hubo una construcción anexa (quizá de los que trabajaban en el horno), pues había una gran cantidad de piedras dispersas por toda la ladera, llegando hasta el camino, como vestigio de alguna construcción que fue derribada o se derrumbó.

La visión que nos dejó Santa Ana fue de fascinación y dolor. Fascinación por la majestuosidad que debió tener el sitio, con altos muros de piedra, terrazas bien dispuestas, un paisaje que es una maravilla y una arquitectura que, sin dudas, debió parecer un palacio entre las montañas. Dolor por el estado en que estaban sus ruinas: destruidas o disimuladas por la vegetación. Jorge y Areíto nos explicaban que el estar en abandono los ciclones y huracanes hicieron estragos en la zona y se ha perdido casi todo. Debió ser así, porque se evidenciaban muchos árboles caídos, algunos de ellos sobre los muros, otros cerrando el paso e impidiendo el acceso a otras zonas del cafetal. Apenas pudimos recogerlo porque la vegetación no lo permitía. El cafetal Santa Ana se había fundido con la naturaleza, era una especie de amalgama entre vegetación y la obra del hombre, quizá este sea su nuevo atractivo.

Hicimos un alto en el sitio, momento que Jorge aprovechó para hablarnos un poco sobre aquel lugar. Nos contó sobre las exploraciones que había hecho con un grupo de estudiantes de la Escuela de Cadetes José Maceo, de cómo ese había sido uno de los sitios de descanso de los moncadistas (debido a lo cual, él y el grupo de cadetes dejaron una señalización en el antiguo cafetal, como recordatorio). En Santa Ana descansaron el 26 de julio, luego salieron rumbo a las alturas de La Redonda, buscando el Escandel. Les fue muy difícil subir La Redonda, por las pésimas condiciones climáticas y el mal estado del terreno, por lo que tuvieron que bajar; encontraron a Alfredo Despaigne, quien lo llevó con sus padres (allí los atendieron y prestaron ayuda), más tarde fueron a ver a Feliciano Heredia, quien tenía una radio, a través de la cual pudieron escuchar las noticias sobre el Moncada.

Es entonces que comprenden que deben alcanzar el Escandel a toda costa e intentan subir nuevamente La Redonda. Esa vez tampoco lo consiguieron, así que deciden regresar a Santa Ana y dividir el grupo, con la intención de que los heridos bajaran a Santiago de Cuba, a recibir el apoyo de los miembros del Partido Ortdoxo. Este cafetal es un lugar al que hay que volver y realizar una buena labor de limpieza y excavaciones. Creo que muchas sorpresas pudieran hallarse que aumenten el valor histórico y patrimonial del lugar.

El regreso a Sevilla

Al regreso decidimos hacer un alto en la poza que habíamos bautizado como Las Delicias y tomar un baño. El efecto fue demoledor, al menos yo me quedé sin fuerzas para continuar el camino hacia Sevilla (me atrevo a decir que algo similar le sucedió a los otros), casi iba arrastrando los pies.

Junto a la poza Las delicias. Tiene un pequeño salto de agua que forma un rápido en la corriente, casi parece un hidromasaje.

Cuando llegamos al poblado casi estábamos hecho tierra; amenazaba lluvia y si nos caía agua corríamos el riesgo de volvernos fango. Por más que quisimos la búsqueda del sitio del Fuerte de Sevilla quedó en un segundo plano ante el cansancio, Jorge y yo persistimos un poco, pero los ánimos no daban para más. Dimos un vistazo y sacamos unas fotos de posibles lugares. Sólo eso.

Fuerte de Sevilla

En algunos de los planos consultados aparece el emplazamiento de este fuerte, el cual se hallaba en una elevación, junto al camino. En un inicio pensamos que esta podía ser la elevación, dado que era el sitio perfecto al ser un punto dominante.

Elevación  que se encuentra al fondo, justo en la curva. Un aspecto similar tuvo el Fuerte de Sevilla.

El fuerte estuvo ubicado en la base de la loma que está en la curva, justo frente a este y a la derecha del camino que conduce a Siboney. Evidentemente a los españoles lo que le interesaba era la vigilancia de la vía como punto estratégico. Por lo que habría que ir hasta el sitio nuevamente y sacar una foto de la zona en la que estuvo emplazado. En la maqueta del Museo de la Guerra Hispano Cubano Norteamericana (próximo a la Granjita Siboney) aparece ubicada esta posición, incluso se muestra un cañón que se instaló allí. Los españoles se retiraron hacia esa posición en su repliegue hacia Santiago de Cuba.

Postales

Paisajes de Sevilla

Curiosidades

Cuando íbamos por la zona del cafetal Soledad me dice Rocío: ¡Mira…mira… la Bandera española! Lógicamente comencé a buscar la enseña nacional de España. No veo nada. Le dije. Ella comprendió me aclaró: Es una flor, mira… me contó que le llaman así porque tiene los colores de la bandera de la patria de Cervantes y que esas flores le hacían recordar a su madre, pues ella le decía que no eran oriundas de la región en que vivían. Quizá son oriundas de Cuba. Te imaginas…la Bandera española oriunda de Cuba. Le dije que quizá no eran de Murcia (de donde es Rocío), pero no quiere decir que no sean de otro lugar de España, tal vez la llevaron desde Cuba, tal vez la trajeron desde España. Lo cierto es que los ibéricos se fueron de nuestro país tras perder la guerra, a finales del siglo XIX, pero nos dejaron un último reducto de su presencia, perdido entre las montañas de Sevilla. Nos dejaron su Bandera española en nuestros campos.

Luego de pasar las elevaciones de La Cadena encontramos a una mujer en el camino con esta forma peculiar de cargar el bolso y mantener el equilibrio en ese terreno sumamente irregular. Lo curioso es que nos confesó que era un bolso pequeña y mencionó a otra persona cuyo nombre No recuerdo. Dijo que lo de esa persona si era algo casi imposible de cargar.

Crónica a caballo

Rumbo a la ruta de Fidel en la Sierra de la Gran Piedra

Autor: Jorge Miguel Puente Reyes

A finales de septiembre recibí una llamada de uno de mis antiguos compañeros de estudio que me decía que Ricardo Rigel Tejeiro, uno de los hijos de Justino Rigel-, quería conversar conmigo con urgencia. Pavón me facilitó el número de su celular e inmediatamente nos pusimos al habla. Después de los saludos de rigor y la preocupación por la familia, hablamos detenidamente de un tema que él sabía que me apasionaba, la historia local vinculada con el antiguo municipio de El Caney y particularmente sobre la presencia de Fidel Castro en el territorio. Ricardito, como le dice toda la familia, tenía conocimiento de que años atrás había realizado una exhaustiva investigación sobre el recorrido realizado por los asaltantes al Cuartel Moncada en las montañas de la Gran Piedra, entre el 26 de julio de 1953 y el 1 de agosto del propio año, además del recorrido que habíamos realizado con los alumnos durante varios años por esa misma ruta.

Ricardo Rigel Tejeiro me pedía que me incorporara a un grupo de compañeros que estaban trabajando por localizar e identificar esos lugares con la idea de poder rescatar la ruta que desde hacía algunos años se hacía muy irregularmente. Muy contento por la idea, inmediatamente le dije que sí, que no tenía ningún inconveniente. Me dio el teléfono de otros colegas que tenían el mismo interés y estaban ya haciendo las gestiones de ubicar los sitios. Así supe que el día 3 de octubre nos veríamos, quedaron en recogerme a las 6: 30 de la mañana en la entrada del reparto Las Flores, en El Caney. En el auto venían el Director Provincial de Patrimonio: Fruto, y la directora de la Granjita de Siboney: Marileydis, inmediatamente tomamos rumbo a la carretera de Siboney. Me parecía muy interesante volver a disfrutar de aquel paisaje y ver nuevamente los monumentos construidos en homenaje a los héroes y mártires caídos, consecuencia de la represión después del asalto al Cuartel Moncada.

Al llegar a Las Guasimas nos detuvimos en la Cooperativa, allí nos esperaban otros dos compañeros de aventura: Yudit Cintra Gordín (atiende Asuntos Históricos en el Comité Provincial del Partido en Santiago de Cuba) y Yoander (uno de los especialistas del museo Granjita de Siboney), después de los saludos me explicaron la idea del recorrido y que se había coordinado con la cooperativa que nos prestaría unos caballos.

Tremenda sorpresa hacía muchos años no me montaba en un caballo, pero sorpresa mayor fue cuando supe que no era el único, otros miembros del grupo no sabían montar. Después de las peripecias iniciales logramos salir rumbo a Sevilla para desde allí seguir rumbo a El Café. Fuimos dominando los animales y después todo transcurrió sin consecuencias mayores. Previamente me había puesto de acuerdo con Raúl Rigel Tejeiro, uno de los hermanos de Ricardo, que se comprometió a servirnos de guía en la expedición. Llegamos a su casa en Sevilla y después de los saludos seguimos todo el camino en dirección a Soledad. Veíamos de lejos las majestuosas montañas de La Redonda que en la mañana se iluminaban con la salida del Sol y hacía notar su verdor, con variadas tonalidades, que distinguían la diversidad de la vegetación tupida de montaña, con una densa hierba de Guinea en más del la mitad de la elevación. Dejamos el camino de Sevilla a Soledad y nos incorporamos a un sendero rodeado de casas de marcaban la abundante presencia de campesinos en este territorio. Cruzamos el rio Soledad y comenzamos el accenso a la montaña de El Café, se veía muy cerca nos invitaba y desafiaba.

Todo transcurrió por un trillo de montaña, marcado, por lo general, debido al paso de los animales y no muy frecuentado por los seres humanos. La parte de la pre-montaña fue relativamente sencilla por ir montados en las bestias, pero cuando habíamos ascendido unos 200 metros por encima del nivel del mar, el camino se tornó estrecho y abrupto, lo que hacía muy difícil el ascenso montado. Lo recomendable era seguir a pie y llevar los caballos por las bridas.

El ascenso fue más lento y con más cuidado, ya que avanzábamos por el borde de la montaña. Al llegar a una frondosa mata de Algarrobo efectuamos el primer descanso, comentábamos lo difícil que resultaba el ascenso y lo peligroso de llevar caballos machos, lo que hacía más peligro su manejo. En efecto, al continuar el camino uno de ellos chocó accidentalmente con el otro y la respuesta fueron varias patadas a repetición, una de ellas por poco alcanza a Yoander. Por suerte para todos fue solo un susto. Adoptamos como medida alejar un animal del otro y tener el cuidado de que cada compañero se desplazara a una distancia prudencial del animal que le precedía.

La subida se hacía más molesta por lo difícil del trillo y por que comenzamos a sentir los efectos de la gravedad en la altura. Un nuevo descanso, uno de nuestros excursionistas era hipertenso y para él era muy peligroso, seguir sin descansar nuevamente. Tenía mucho dolor de cabeza y fatiga. Después de un alto prudencial le recomendamos que se quedara en el mismo sitio y que una de las compañeras lo acompañara.

Los otros seguimos el ascenso después de otra media hora de marcha encontramos las primeras evidencias de que en aquellas elevaciones hubo presencia humana: un viejo platanal, algunos árboles frutales y la siembra de plantas ornamentales que delataban que allí pudo existir, hacía muchos, años una vivienda. Raúl se detiene y nos dice que allí estuvo la casa de Feliciano Heredia, el campesino que el día 27 de julio de 1953, le permitió a Fidel y a sus compañeros escuchar el radio, saber las noticias y oír el discurso pronunciado por Fulgencio Batista desde Columbia.

Raúl, con el machete en la mano, limpió todo el lugar donde estaba la casa, hasta encontrar restos de los muros y otros vestigios de su existencia. Marcamos el lugar con algunas piedras y luego tomamos algunas fotos. Retomamos el ascenso en busca de las casa de los Despaigne, otros 15 minutos de marcha y nos detuvimos en el sitio que indicaba el guía. Allí estaban muy visibles algunos muros que al limpiar -a golpe de machete- posibilitó que fuera reapareciendo el área que ocupaba la vivienda.

Encontramos entre los restos un viejo candelabro, como los empleados en el siglo XIX, y una tinaja de transportar agua en buen estado de conservación. Allí logramos cortar la maleza que cubrían los restos y marcamos con algunos horcones el lugar.

Casi al filo del medio día comenzamos el descenso, era interés llegar al lugar donde estuvo la casa de Alfonzo Feal: otro de los campesinos que le prestó ayuda y protección a los moncadistas. El descenso era mucho más cómodo pero de todas maneras llevamos los caballos por la brida, para evitar alguna caída o daño en las patas de los animales. Cuando pudimos montar tomamos un trillo de menos complejidad hasta llegar al camino de Sevilla a Soledad. En Soledad fuimos socorridos con la ayuda desinteresada de los habitantes. Uno de los caballos había perdido dos herraduras, no hubo que solicitar la ayuda, aquellos campesinos, de la misma estirpe de aquellos que 67 años atrás le prestaron ayuda a Fidel y los moncadistas, improvisaron una herrería y en menos de media hora el caballo estaba nuevamente herrado. Nos despedimos y seguimos al próximo objetivo: llegar a las ruinas del antiguo cafetal francés Soledad, donde está enclavado el actual caserío de El Triunfo.

El camino hasta hace unos años era transitable por vehículos motorizados, pero ahora es intransitable, el trillo apenas nos permite pasar en los caballos. Minutos más tardes nos adentramos en la manigua en busca de los restos de la casa del minero Alfonso Feal, el crecimiento de la vegetación hizo muy difícil la localización del mismo. Raúl nos llevo hasta la finca que en arrendamiento tiene Castañeda: el Delegado del Poder Popular, pero él no se encontraba y en esta ocasión fue imposible identificar el lugar deseado.

Después de un descanso tomamos agua y comimos Mamoncillos. Seguimos la expedición, el objetivo era entonces encontrar la posible ruta seguida por los moncadistas, desde el 29 al 31 al de julio de 1953. Esos dos días, luego de salir de la Cueva de los Chivos, pierden el rumbo y vagan de derecha a izquierda, de Norte a Sur, sin rumbo fijo atraviesan la Loma de la Cadena y recalan en la finca Las Delicias, propiedad de Juan Leizan; allí se le brinda algo de comer y durante la noche se divide el grupo en dos: junto a Fidel, se queda José Suárez Blanco y Oscar Alcalde Valls, el otro subgrupo formado por Juan Almeida Bosque, Armando Mestré Martínez, Francisco González Hernández, Eduardo Montano Benítez y Mario Chanes de Armas tomó el rumbo al noreste.

La noche del 31 de julio al 1 de agosto, el grupo de Fidel, durmió en un pequeño bohío, (en un vara en tierra) ubicado en el cuartón Mamprivá, en la finca El Cilindro. Completamente dormidos, son detenidos por las fuerzas al mando del teniente Pedro M. Sarría Tartabull. Precisamente hasta allí llegamos, después de bordear el margen de un arrollo intermitente entre las montañas de la Loma de la Cadena. Ese era nuestro último punto por visitar este día.

La Cueva de los Chivos

Sobre las 15:00 de la tarde nos despedimos de nuestro guía Raúl y le agradecimos el estar con nosotros, sin él hubiera sido todo un fracaso. Enrumbamos los caballos en dirección a Sevilla. Ya para ese momento éramos unos expertos, Yudit la que no sabía montar, ahora marcaba la avanzada, el agotador sol de la tarde nos daba en el rostro, pero estábamos satisfechos, había logrado identificar esos sitios de tan difícil acceso. Verdaderamente sentimos en carne propia lo difícil que sería, para aquellos hombres acostumbrados a la ciudad, escalar aquellas montañas tan intrincadas, bajo la lluvia y con el efecto de sentirse perseguidos.

La Ermita San Rafael y el comienzo de un camino

Viaje a Monte de Oro

Un Hombre no siempre sabe cuando comienza un camino. Puede ser con un primer paso, con un sueño o con una ilusión.  Eso pasó con la ruta hacia Limoncito o Monte de Oro, como lo llamaban o Monte de Amor como lo llaman, hoy día, los lugareños. Les confieso que no me encontraba preparado para un viaje tan largo y escabroso en la Sierra de la Gran Piedra, a 1000 metros del nivel del mar aproximadamente, donde las nubes no te muestran el camino.

La tradición oral cuenta que Monte de Oro fue el primer cafetal francés del Oriente de Cuba; producto de la inmigración francesa que se asentó a principios del siglo XIX en estas tierras. Hacia ese lugar nos dirigimos los integrantes del grupo Senderos, en una mañana de duro esfuerzo para llegar a ese sitio.

Tras varias horas de camino nos encontramos con la Ermita de San Rafael, Medico divino: una hermosa construcción, pequeña pero intima. Un lugar de recogimiento que se encuentra rodeado por un jardín bien cuidado, lleno de santas imágenes y de la hermosa cruz al lado de estanque que forma la cascada. Me surge la interrogante cómo pudieron construir en lugar tan remoto, una construcción tan bella y con magníficos materiales. Su inspiración se debió al francés Juan Bautista Lavié, hombre devoto que debió sentir que ese lugar era el ideal para practicar la obra. Con dos palabras que digo de corazón las describiría: “Mágica, maravillosa”.

Siguiendo el camino -a 600 u 800 metros- están las ruinas del cafetal Monte de Oro. Hoy Monte de Amor, y en verdad que lo es. Constituye una comunidad religiosa espiritista, en la cual se construye un templo para la práctica de la obra. Tanto esfuerzo en subir materiales y en construir en un lugar tan lejano, solo me deja el deseo que tengan éxito.

Del antiguo cafetal solo quedan restos de los muros de los barracones, hoy ocupados en albergues e instalaciones de ese centro espiritual, también quedan la antigua fuente de agua y la campana original que sigue su toque. No para llamar a los esclavos al trabajo, sino para seguir el ritual del espiritismo de cordón.

De regreso, nuestro guía hospitalario nos conduce al interior de la Ermita. Logramos ver las fotos de Juan Bautista Lavié: fundador del centro espiritual, quien debió sentir sensaciones similares a las que sentimos nosotros en aquel sitio. La Ermita está dedicada a “San Rafael, medico divino”: Santo que tiene muchos seguidores en nuestro país, por su vocación sanadora de enfermos. Es probablemente una de las primeras erigidas en Cuba, si contamos la erigida en la cima del cayo, en la bahía santiaguera. Quizás, sin saberlo, cuando me sumergía en las frías aguas del estanque que forma la cascada, el Santo me curó el cuerpo y el alma, al menos, yo prefiero creerlo así.

Deseo que este lugar mantenga por siempre la paz y la espiritualidad que sentimos, ahora que debo volver a encaminarme de regreso a la ciudad de Santiago de Cuba.

Maikel Téllez Rabell

Crónica de un paseo entre las nubes (Expedición a Limoncito)

24 de Septiembre 2020

José Luis Pérez Balart: Nuestro guía y promotor de este viaje.

Objetivos de la expedición:

  • Viaje a la Iglesia y Ermita de San Rafael.
  • Visita a las pozas de Limoncito.
  • Encuentro con las personas del poblado de Limoncito y entrega de libros y revistas.

Integrantes:

Rocío Zambudio Vivancos

Rodolfo Tamayo Castellanos  

José Luis Pérez Balart

Maikel Téllez Rabell

Amarilis Licea González

Marbelis Verdecia Batista

Autor: Rodolfo Tamayo Castellanos

Santiago de Cuba

Rumbo a Limoncito

Sobre las 4.30 am comenzamos a llegar a la Terminal de Calle 4. Debía ser un viaje complejo por la lejanía del lugar, las condiciones en las que se encontraba el transporte público y que –salvo un integrante del grupo- nadie había ido a Limoncito. José Luis era quien conocía el sitio, pero no cogería la guagua en Calle 4, sino más adelante, ya que vivía en El Pozo.

Terminal de Calle 4, desde la cual salimos hacia Limoncito.

En nuestra mente limoncito se figuraba como un lugar alejado, pero no tanto… de hecho pensábamos que la cosa sería bajarnos de la guagua, caminar un par de kilómetros, subir alguna loma y ya está. La realidad nos depararía otro destino.
Poco a poco nos fuimos agrupando en la terminal Intermunicipal, habíamos quedado en que el primero que llegara cogiera turno para el resto y así se hizo. Fui el primero en llegar, luego Rocío y tras ella Maikel (se invitan a más personas a los viajes pero, al final, vamos casi siempre los mismos). Habíamos comenzado a hablar sobre la expectativa del viaje cuando una mujer -algo mayor de edad- nos preguntó si pertenecíamos al grupo de Tai Chi ¡Tai Chi…! Exclamó Rocío. No, no pertenecemos a ningún grupo de esos. José Luis me había hablado que otras personas del grupo de Tai Chi (que él lleva) se sumarían al viaje, por lo que le pregunté a la señora si conocía a José Luis. Su respuesta afirmativa añadió una nueva integrante al grupo. No vendría más nadie. La suerte estaba echada.
Sobre las 5.00 am apareció el conductor de un ómnibus y dijo unas palabras ininteligibles, con la misma desapareció. La gente se quedó atónita, hasta que alguien reaccionó y dijo ¿El chofer llamó para Baconao? Esa ruta nos servía, debíamos quedarnos en La Punta y de
ahí adentrarnos hasta Limoncito. No sé qué pasa en las terminales que la gente anuncia las cosas con una voz tan rara (a la que algunos califican como: Voz de terminal) que no se entiende y como las mujeres de información no se molestaron en abrir la boca ni para bostezar, pensamos que aquello no era con nosotros. Sólo cuando alguien de la cola -tras un arduo ejercicio de decodificación- dijo: Oigan, yo creo que el chofer llamó para Baconao. Aquella traducción del llamado de la selva vino tarde, para cuando la gente vino a reaccionar ya la guagua se marchaba vacía.
Ah sí estábamos en problemas. José Luis nos aclaró que debíamos tomar esa guagua, por suerte apareció luego uno de esos artefactos mitad camión, mitad guagua, con rumbo a Altagracia (un lugar del que tampoco había oído mencionar) y nos servía para llegar hasta La Punta, por lo que llamé por el celular a José Luis, para que estuviera atento al paso de aquel artefacto rodante. Justo en la parada del sitio conocido como el Salao subieron José Luis y otra compañera del Tai Chi.
Nos desmontamos en La Punta y tomamos rumbo a Limoncito por el camino que pasa junto al Museo del Transporte.

Rumbo a Limoncito. A la derecha se puede observar la parada y el anuncio del Museo del Transporte.

Rápidamente dejamos atrás las casas del poblado y nos adentramos en el monte, a los lejos podían verse las cimas de las montañas que debíamos subir. En nuestra mente ya se figuraba que el viaje no sería tan sencillo, sobre todo porque se decía que no había seguridad de que la guagua de Limoncito saliera; además decían que ya no se adentraba en el monte y solo llegaba hasta La Punta, de ahí que el tramo a caminar fuera mayor: ya no serían 4 km, sino unos 12 km.

Dejamos atrás el poblado y nos adentramos en el monte, rumbo a Limoncito.

Huellas de las minas de Vinent

Al poco rato de caminar nos topamos con un hombre a caballo, quien nos acompañó buena parte del trayecto. Cómo José Luis procedía de esta zona entabló conversación con él sobre los vecinos y las cosas que había antes.

Campesino que nos acompañó casi hasta el poblado.
De pronto el hombre se irguió en su caballo y señaló las montañas que estaban al frente. Esas lomas, dijo, son de las Minas de Vinent y por aquí quedan muchos restos. Luego hizo una pausa y agregó: Por si están interesados. La verdad es que ya estábamos familiarizados con las miradas extrañas de las personas que ven a un grupo de gente de la ciudad, metido por los montes buscando ruinas; sólo pusimos atención a sus relatos de la antigua mina y cómo era la zona cuando existía la compañía minera, hasta nos habló de una vieja mina de oro por aquella región. Quedamos en hacer un viaje futuro con el objetivo de registrar los vestigios que quedaban.

Restos de las Minas de Vinent. Este sitio minero existió desde los tiempos de España y contó con un sistema fortificado que lo protegía. En la imagen de la izquierda puede verse un fragmento de los raíles del tren que trasportaba el mineral, en la de la derecha se aprecian restos de las construcciones y en la de abajo aparece una parte del antiguo camino .
imágene de una de las elevaciones en las que se aprecian restos de las Minas de Vinent.
Fragmento de un plano de 1896 en el que se observan las Minas de Vinent, con su sistema fortificado, así como las vías férreas que transportaban el mineral hacia Daiquirí.

La belleza de la zona: Ríos y pozas


Esta es una zona de grandes atractivos, sobre todo naturales, célebre por su paisaje y sus pozas, las cuales disfrutan los vecinos y algún que otro curioso como nosotros que se aventura por esos lugares. La región, con mejores caminos, un buen sistema de comunicación y transporte pudiera dar frutos desde el punto de vista turístico.

Más adelante hallamos el por qué llaman al lugar Limoncito, vimos unas cuantas matas de limones junto al camino, por lo que la bauticé como La senda del limonar

El Mogote y La cruz del peregrino

Apenas iniciamos el camino José Luis señaló hacia una de las elevaciones predominantes, parecía una gran roca incrustada en una montaña

Elevación conocida como El Mogote.
La Ermita –nos dijo– queda cerca de ese Mogote, así que hay que caminar su poquito. Algunos se asombraron y preguntaron si había que subir hasta allá arriba. José Luis aclaró que el lugar al que íbamos quedaba cerca de la base de esa montaña, que los últimos 4 o 5 km eran los más difíciles, pues había que subir loma arriba, no había un camino definido y él se guiaba por el Mogote. Esto nos preocupó ¿Pero, tú has venido otras veces? Le pregunté, aunque ya sabía la respuesta y que él había hecho esta ruta. Explicó que había llegado hasta la Ermita por sus medios, siguiendo dos puntos de referencia: uno era la cerca que se extendía a través de las montañas, el otro era el Mogote o sea: no debías despegarte de la cerca y tener siempre al Mogote como referencia.

Agregó que hubo un tiempo en que existió una cruz en su cima que se veía desde lo lejos y formaba parte del sitio religioso de la Ermita; también que en sus alturas hubo una base de lanza cohetes. Miré esa altura, en ocasiones cubierta por las nubes, y pensé en el nombre: La cruz del peregrino, ya que si se
17 y 18. Vistas del Mogote. volviera a colocar otra sería utilizada –como debió serlo antaño– por los peregrinos para hallar el sitio, cerca de su base.

Limoncito


Antes del mediodía llegamos al poblado de Limoncito y allí efectuamos una vivienda. Ocasión que José Luis aprovechó para contarnos sobre su familia y la vida en aquella región. Así supimos dónde estaban ubicadas casas que ya n existen, el lugar en el que estuvo la antigua tienda y la escuelita (se mantienen en esos sitios) y cuál era la casa más antigua del poblado que aún quedaba en pie. El descanso en el poblado no sólo se debió a la merienda, sino al hecho de que en el camino nos habíamos encontrado a una persona que nos prometió llevarnos por un camino más fácil que el que llevábamos. Quedamos esperarlo en el poblado y seguir camino cuando regresara.

Perspectiva del poblado de Limoncito. Al fondo se ve la escuelita y más adelante la tienda.
Casa más antigua del poblado. Hasta hace algunos años contó con un refrigerador de luz brillante. A la derecha desciende el camino que tomamos hacia la Ermita.

Ya era casi mediodía, el hombre no aparecía y amenazaba lluvia. Tomamos la decisión de continuar por el camino que conocía José Luis, el cual llevaba el pintoresco nombre de “La Peligrosa”. La verdad dicho nombre no auguraba nada bueno. No lo pensamos más y continuamos viaje. Ante nosotros se extendía la parte más dura del viaje.

El camino francés


El pueblo iba quedando cada vez más lejos y nos adentrábamos en las montañas. Habíamos tomado el camino que José Luis llamaba “La Peligrosa”, y su nombre se debe a que es un camino agreste que aparece y desaparece a momentos por las sinuosidades del terreno, la vegetación y la propia complejidad de las montañas. Aquello casi no era un camino, a ratos íbamos a ciegas y a “campo traviesa”, con la única guía de una cerca que ascendía loma arriba y también a ratos desaparecía. El Mogote era nuestra otra referencia, cunado no encontrábamos cómo seguir nos concentrábamos en hallar lo cerca o los restos de ella y siempre caminar hacia el Mogote. Las pendientes se inclinaban cada vez más y hacía muy difícil la subida. Llegó un momento en que tuvimos que parar cada 3 minutos –más o menos- porque la señora de mayor edad se quedaba sin aire. Para ser sincero: yo pensé que no llegaba, luego ella demostraría que le quedaban unos cuantos trucos bajo la manga. El caso es que José Luis cargó con su mochila y prácticamente la llevó de remolque hasta la Ermita. Fue una subida larga y difícil. Todos la sentimos.
Una vez que llegamos a la cima de aquellas montañas, quedamos frente al Mogote que se veía imponente. Respiramos profundo porque habíamos vencido la parte más difícil, a partir de ahora la mayor parte del terreno era en descenso, con sobre y un micro clima que era una maravilla. Dimos una vista panorámica y nos sorprendimos a ver en las elevaciones superiores y algo distantes la Gran Piedra y su Torre de Comunicaciones.
Aún faltaban algo más de dos kilómetros, por lo que reiniciamos la marcha. Para nuestra sorpresa reapareció el camino, el verdadero camino, el cual bordeaba las cimas de las montañas, era sinuoso y lleno de frutas, sobre todo de mangos caídos, al punto que hacían una especie de cazada resbalosa, a veces el camino torcía y se volvía estrecho y luego volvía a torcer y así sucesivamente. Comenzamos a notar una regularidad en aquella ruta y a fijarnos mejor en él, sobre todo llamó la atención formaciones de piedras semi derrumbadas, hasta
que, por fin, pudimos verlo claramente: era un camino de piedra construido por el hombre, más bien un camino de piedra construido por los esclavos para transportar el café desde aquellas cimas agrestes hasta Santiago de Cuba o por los menos hasta el mar.

Ermita de San Rafael (Antiguo cafetal Monte de oro)

Foto del sitio desde donde el celular tenía cobertura. En un primer plano, a la izquierda puede verse el palo a modo de señal, al fondo (en el pico predominante se encuentra la Gran Piedra con su torre), en la parte derecha, en la falda de la montaña más cercana, puede verse la edificación de la Ermita de San Rafael.

Justo en uno de los recodos del sendero José Luis señaló hacia la izquierda, efectivamente ahí estaba la Ermita, oculta entre el follaje, pero se veía la construcción. Al pasar cerca de un palo con una tela amarrada a modo de señal, agregó José Luis: Si vas a llamar hazlo ahora. Esa señal indica que este es el sitio donde hay conexión. Llamé a la casa para que supieran que estábamos bien y que habíamos llegado.

Foto de la entrada de la Ermita. Puede verse que el nombre del antiguo cafetal -Monte de oro- se cambió por Monte de amor, más acorde a la proyección del lugar.

Descendimos por la cuesta hasta llegar al portón. Allí nos detuvimos brevemente y pudimos ver el nombre del sitio: Monte de amor. El paisaje es paradisiaco, tras pasar un arroyo, en un motículo, se halla la Ermita San Rafael, con su pequeña torre y su cruz. Es una edificación pequeña, muy diferente a las otras de la región. En su interior hay varias imágenes religiosas y un pequeño altar; tiene jardines, muros de piedra, una cascada, un nicho con agua que se filtra por las piedras (José Luis aclaró que es agua bendita) y sobre un pequeño túmulo: una gran cruz de mármol. En una pequeña terraza, enclavada en la pared de la montaña y sobre un muro de piedra hay una urna con un cristal que guarda la imagen de la Virgen de la Caridad de Cobre.

Luego de tomar fotos, pasamos a grabar algunos videos del lugar. En ellos José Luis nos explicaba que el sitio era más bien como un retiro espiritual -construido sobre los restos del antiguo cafetal Monte de oro- al que acudían las personas desde varias provincias. Nos explicaba que estaba consagrado a San Rafael, San Lázaro y la Caridad del Cobre: todos vinculados a la salud y la sanación. Añadió que esta no era la única construcción, pues más arriba se reconstruía una gran iglesia.
El sitio religioso de Limoncito (a lo que José Luis llama El Monasterio de Limoncito) está compuesto por la Ermita San Rafael (la cual contiene la cruz de mármol, el nicho de agua bendita, la cascada y el nicho de la Caridad del Cobre), la Gran Iglesia en construcción (en una colina más arriba, también asentada sobre las ruinas del cafetal Monte de oro) y El Mogote (en el cual existió una gran cruz en su cima). Una historia interesante fue la de la Virgen de la Caridad del Cobre, la cual se hallaba en el tronco de un árbol y luego fue movida hacia el nicho actual, en la pared de una loma.
Mientras esperábamos que el encargado de la Ermita llegara, aprovechamos para bañarnos en la cascada, comer y beber algo, escuchar algo de música y los miembros del grupo de Tai Chi realizaron sus ejercicios.

Justo cuando terminamos todo esto llegó el encargado de la Ermita: un hombre amable y simpático que se hacía llamar Crucito. Abrió las puertas de la Ermita para que pudiéramos entrar y nos escoltó hacia la Gran iglesia que se reconstruía en una colina superior.
La vista desde esta Gran iglesia es simplemente espectacular, es como un balcón natural de Santiago de Cuba, pues puede verse hasta la costa. Tanto José Luis como Crucito nos sirvieron de anfitriones del tur por el sitio. Nos explicaron que la antigua iglesia era de madera y ahora se reconstruía de mampostería, con el fin de que resistiera mejor la inclemencia del tiempo, añadieron que estaba asentada sobre uno de los secaderos (pues había otros, recordar que estos cafetales se construían en forma de terrazas), que se conservaban muros de los barracones de los esclavos, una fuente del cafetal que pretendían restaurar y la campana.

Tras una visita por el interior de la Gran iglesia en construcción, pasamos a los aposentos de madera que aún se conservan y que sirven como resguardo a las personas que trabajan y cuidan el sitio. Allí realizamos algunas grabaciones a Crucito, quien nos explicó detalles del lugar, nos hizo un café para levantar el espíritu y justo en ese momento
comenzó a llover, aprovechamos la lluvia unos para descansar, otros para fumar y los más curiosos continuamos explorando la zona. Así pude ver celulares cargándose, al preguntar de dónde sacaban la energía, Crucito me explicó que tenían paneles solares. También me explicó los usos de la campana y que se tocaba siempre a las 3.00 pm.

Eran las 2.00 pm, lo cual era un problema para la ceremonia del toque de la campana, pero insistí tanto que Crucito -de carácter excepcional- decidió hacer un toque especial a esa hora para nosotros. Nos reunimos en el patio y pudimos apreciar la ceremonia del toque de la campana: unos en silencio otros con sus celulares y cámaras en mano.
El cielo continuaba amenazando lluvia y desde esas alturas la amenazaba se veía peor, así que nos despedimos y decidimos emprender el regreso, tras agradecer a Crucito por toda su amabilidad.

Coda: Paisajes


Les dejo una muestra de los hermosos paisajes de Limoncito. Aquí aparecen imágenes tomadas desde la subida de las montañas y desde la Ermita de San Rafael. Lamentablemente (por cuestiones del tiempo y del clima) no pudimos subir a otros antiguos secaderos de café que se hallaban en elevaciones superiores, pues este –como muchos otros cafetales– se construyó en terrazas; tampoco pudimos subir al Mogote.

El paisaje desde allí debe ser soberbio. De hacerse algún día una ruta por esta zona se pudieran explotar los atractivos del Parque Baconao, la zona de Vinent como zona campestre con sus ríos, pozas, frutas, así como la zona patrimonial de las minas y las fortificaciones. La región de la Ermita y el Mogote posee un fuerte atractivo natural y religioso, con este centro para el retiro espiritual, además de constituir un balcón natural de Santiago de Cuba, y que se puede apreciar hasta la costa, sin dejar a un lado los restos del patrimonio cafetalero y el camino de piedra.

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